Ciencia Ficción.
Conocimientos previos acerca de la Ciencia Ficción.
Registro en el pizarrón acerca de los saberes previos de los alumnos (Qué es la Ciencia Ficción? Dónde podemos encontrarla? Qué forma adopta? Qué nombres de libros o películas, escritores o directores, recordás?)
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Para leer sobre la Ciencia ficción.
La ciencia ficción narra historias que combinan supuestos logros científicos y avances
tecnológicos, que podrían lograrse en el futuro, con la imaginación de los autores. Este sustento científico hace que la ciencia ficción se diferencie del género fantástico, donde las situaciones y los personajes son fruto de la imaginación.
Se
caracterizan por plantear expectativas sobre el porvenir de la
humanidad y la relación entre los hombres y la tecnología. Por eso, suelen
transcurrir en un tiempo futuro.
En ese mundo ficcional, los autores especulan acerca de las consecuencias de un determinado fenómeno.
Su visión del futuro será optimista si las consecuencias planteadas son
positivas. Si son negativas, esa visión será pesimista.
Temas
frecuentes de Ciencia ficción:
- · Descubrimientos científicos y tecnológicos
- · Inteligencia artificial (robot, androides, etc)
- · Clonación de seres humanos y animales
- · Viajes en el espacio y en el tiempo
- · Contacto con vida extraterrestre
- · Consecuencias ecológicas
Relatos
verosímiles
Si bien estos relatos muchas veces transcurren en un tiempo y
un espacio que no son reales, los autores crean un ambiente que resulta creíble
o verosímil (vero: verdad; simil: parecido). Esto quiere decir, que el lector
puede aceptarlo como un mundo posible, que podría suceder, con su propio
sistema de reglas.
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En el siglo XIX...
Frankenstein o el moderno Prometeo. Mary Shelley
La primera obra del género de Ciencia Ficción, tal como lo conocemos hoy, Frankenstein o el moderno Prometeo. Mary Shelley
aparece como consecuencia de la Revolución Industrial y tiene como base la aparición de la tecnología.
Se trata de la obra Frankenstein de Mary Shelley, publicada en 1818. Hace 200 años!
1. Para saber más, un artículo de La Nación, Cultura (16/4/2016): Mary Shelley, la creadora del monstruo más humano. Para leerlo, cliqueá:
https://www.nacion.com/viva/cultura/mary-shelley-la-creadora-del-monstruo-mas-humano/6VDUTFJZSJGVFE3EGN5TJQSYDQ/story/
2. Para saber más, un artículo de La Nación, Cultura (18/3/2018): A 200 años, Frankenstein y los miedos de la Ciencia fuera de control. Para leerlo, cliqueá:
https://www.lanacion.com.ar/2117334-frankenstein-un-mito-que-refleja-miedos-muy-actuales.3. Para leer las primeras páginas de "Frankenstein o el moderno Prometeo", cliqueá:
https://www.anayainfantilyjuvenil.com/catalogos/capitulos_promocion/IJ00307401_9999991598.pdf
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Julio Verne
En el siglo XIX, también llegan las obras de Julio Verne (1828-1905).Verne encarna el prototipo de autor de ciencia ficción actual, que utiliza los últimos descubrimientos científicos para desarrollar un mundo imaginario.
La sorpresa es la capacidad de Julio Verne para anticipar los adelantos de la ciencia y la tecnología.
1-Leemos el artículo para analizarlo en clase.
Historias para volar con la imaginación y viajar a la Luna.
Cliqueá en: https://www.lanacion.com.ar/2116549-viajar-a-la-luna2-Mesa de libros en la biblioteca de la escuela, con los textos de Julio Verne para descubrir la temática de sus obras.
3- Para investigar sobre Julio Verne y sus predicciones, te propongo:
- 7 interesantes datos sobre Julio Verne y su aporte a la ciencia ficción. Para consultar, cliqueá en:
- Biografía del autor. Para consultar, cliqueá en:
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La Ciencia Ficción en el siglo XX
Autores como: Robert Louis Stevenson (El extraño caso del Dr Jeckyl y Mr Hyde), Herbert George Wells (La máquina del tiempo; La guerra de los mundos; El hombre invisible; La isla del Dr Moreau; Los primeros hombres en la Luna), Jack London (La plaga escarlata; El vagabundo de las estrellas; La invasión sin paralelo), Arthur Conan Doyle (El mundo perdido; Las aventuras del profesor Challenger), Arthur Clarke (El último teorema; Odisea dos), Ray Bradbury (Farenheit 451; Crónicas marcianas), entre muchos, colocaron en lo más alto de la historia de la literatura.
Desde siempre, la literatura de Ficción nos sirvió para imaginar y encontrar respuestas a nuestras inquietudes, respuestas que pueden tranquilizar o excitar nuestra conciencia.
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Te propongo la lectura de:- Ray Bradbury
El regalo
Mañana sería Navidad, y aún mientras viajaban los tres hacia el
campo de cohetes, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo
por el espacio del niño, su primer viaje en cohete, y deseaban que todo
estuviese bien. Cuando en el despacho de la aduana los obligaron a dejar el
regalo, que excedía el peso límite en no más de unos pocos kilos, y el arbolito
con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban la fiesta y el
cariño.
El niño los esperaba en el cuarto terminal. Los padres fueron allá, murmurando luego de la discusión inútil con los oficiales interplanetarios.
—¿Qué haremos?
—Nada, nada. ¿Qué podemos hacer?
—¡Qué reglamentos absurdos!
—¡Y tanto que deseaba el árbol!
El niño los esperaba en el cuarto terminal. Los padres fueron allá, murmurando luego de la discusión inútil con los oficiales interplanetarios.
—¿Qué haremos?
—Nada, nada. ¿Qué podemos hacer?
—¡Qué reglamentos absurdos!
—¡Y tanto que deseaba el árbol!
La sirena aulló y la gente se precipitó al cohete de Marte. La madre
y el padre fueron los últimos en entrar, y el niño entre ellos, pálido y
silencioso.
—Ya se me ocurrirá algo —dijo el padre.
—¿Qué?… —preguntó el niño.
—Ya se me ocurrirá algo —dijo el padre.
—¿Qué?… —preguntó el niño.
Y el cohete despegó y se lanzaron hacia arriba en el espacio
oscuro. El cohete se movió y dejó atrás una estela de fuego, y dejó atrás la
Tierra, un 24 de diciembre de 2052, subiendo a un lugar donde no había tiempo,
donde no había meses, ni años, ni horas. Durmieron durante el resto del primer
“día”. Cerca de medianoche, hora terráquea, según sus relojes neoyorquinos, el
niño despertó y dijo:
—Quiero mirar por el ojo de buey.
—Quiero mirar por el ojo de buey.
Había un único ojo de buey, una “ventana” bastante amplia, de
vidrio tremendamente grueso, en la cubierta superior.
—Todavía no —dijo el padre—. Te llevaré más tarde.
—Quiero ver dónde estamos y adónde vamos.
—Quiero que esperes por un motivo —dijo el padre.
—Todavía no —dijo el padre—. Te llevaré más tarde.
—Quiero ver dónde estamos y adónde vamos.
—Quiero que esperes por un motivo —dijo el padre.
El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y otro,
pensando en el regalo abandonado, el problema de la fiesta, el árbol perdido y
las velas blancas. Al fin, sentandosé, hacía apenas cinco minutos, creyó haber
encontrado un plan. Si lograba llevarlo a cabo este viaje sería en verdad feliz
y maravilloso.
—Hijo —dijo—, dentro de media hora, exactamente, será Navidad.
—Oh —dijo la madre consternada. Había esperado que, de algún modo, el niño olvidara.
—Hijo —dijo—, dentro de media hora, exactamente, será Navidad.
—Oh —dijo la madre consternada. Había esperado que, de algún modo, el niño olvidara.
El rostro del niño se encendió. Le temblaron los labios.
—Ya lo sé, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron…
—Sí, sí, todo eso y mucho más —dijo el padre.
—Pero… —empezó a decir la madre.
—Sí —dijo el padre— Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo enseguida.
—Ya lo sé, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron…
—Sí, sí, todo eso y mucho más —dijo el padre.
—Pero… —empezó a decir la madre.
—Sí —dijo el padre— Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo enseguida.
Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
—Ya es casi la hora.
—¿Puedo tener tu reloj? —preguntó el niño.
—Ya es casi la hora.
—¿Puedo tener tu reloj? —preguntó el niño.
Le dieron el reloj y el niño sostuvo el metal entre los dedos:
un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el movimiento
insensible.
—¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
—A eso vamos —dijo el padre y tomó al niño por el hombro.
—¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
—A eso vamos —dijo el padre y tomó al niño por el hombro.
Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una
rampa. La madre los seguía.
—No entiendo.
—Ya entenderás. Hemos llegado —dijo el padre.
—No entiendo.
—Ya entenderás. Hemos llegado —dijo el padre.
Se detuvieron frente a la puerta cerrada de una cabina. El padre
llamó tres veces y luego dos, en código. La puerta se abrió y la luz llegó
desde la cabina y se oyó un murmullo de voces.
—Entra, hijo —dijo el padre.
—Está oscuro.
—Te llevaré de la mano. Entra, mamá.
—Entra, hijo —dijo el padre.
—Está oscuro.
—Te llevaré de la mano. Entra, mamá.
Entraron en el cuarto y la puerta se cerró, y el cuarto estaba,
en verdad, muy oscuro. Y ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, ojo de
buey, una ventana de un metro y medio de alto y dos metros de ancho, por la que
podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento. Detrás, el padre y la
madre se quedaron también sin aliento, y entonces en la oscuridad del cuarto
varias personas se pusieron a cantar.
—Feliz Navidad, hijo —dijo el padre.
—Feliz Navidad, hijo —dijo el padre.
Y las voces en el cuarto cantaban los viejos familiares
villancicos; y el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el vidrio
frío del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, mirando simplemente el
espacio, la noche profunda, y el resplandor, el resplandor de cien mil millones
de maravillosas velas blancas…
Ray Bradbury | Del libro
«Remedio para melancólicos», Ed. Minotauro.
La mañana verde
Diciembre de 2001: LA MAÑANA VERDE
Ray Bradbury
Cuando el sol se puso, el hombre se acuclilló junto al sendero y preparó una cena frugal y
escuchó el crepitar de las llamas mientras se llevaba la comida a la boca y masticaba con aire pensativo.
Había sido un día no muy distinto de otros treinta, con muchos hoyos cuidadosamente cavados en las
horas del alba, semillas echadas en los hoyos, y agua traída de los brillantes canales. Ahora, con un
cansancio de hierro en el cuerpo delgado, yacía de espaldas y observaba cómo el color del cielo pasaba
de una oscuridad a otra.
Se llamaba Benjamin Driscoll, tenía treinta y un años, y quería que Marte creciera verde y alto
con árboles y follajes, produciendo aire, mucho aire, aire que aumentaría en cada temporada. Los árboles
refrescarían las ciudades abrasadas por el verano, los árboles pararían los vientos del invierno. Un árbol
podía hacer muchas cosas: dar color, dar sombra, fruta, o convertirse en paraíso para los niños; un
universo aéreo de escalas y columpios, una arquitectura de alimento y de placer, eso era un árbol. Pero
los árboles, ante todo, destilaban un aire helado para los pulmones y un gentil susurro para los oídos,
cuando uno está acostado de noche en lechos de nieve y el sonido invita dulcemente a dormir.
Benjamin Driscoll escuchaba cómo la tierra oscura se recogía en sí misma, en espera del sol y
las lluvias que aún no habían llegado. Acercaba la oreja al suelo y escuchaba a lo lejos las pisadas de los
años e imaginaba los verdes brotes de las semillas sembradas ese día; los brotes buscaban apoyo en el
cielo, y echaban rama tras rama hasta que Marte era un bosque vespertino, un huerto brillante.
En las primeras horas de la mañana, cuando el pálido sol se elevase débilmente entre las
apretadas colinas, Benjamin Driscoll se levantaría y acabaría en unos pocos minutos con un desayuno
ahumado, aplastaría las cenizas de la hoguera y empezaría a trabajar con los sacos a la espalda,
probando, cavando, sembrando semillas y bulbos, apisonando levemente la tierra, regando, siguiendo
adelante, silbando, mirando el cielo claro cada vez más brillante a medida que pasaba la mañana.
—Necesitas aire —le dijo al fuego nocturno.
El fuego era un rubicundo y vivaz compañero que respondía con un chasquido, y en la noche
helada dormía allí cerca, entornando los ojos, sonrosados, soñolientos y tibios.
—Todos necesitamos aire. Hay aire enrarecido aquí en Marte. Se cansa uno tan pronto... Es
como vivir en la cima de los Andes. Uno aspira y no consigue nada. No satisface.
Se palpó la caja del tórax. En treinta días, cómo había crecido. Para que entrara más aire había
que desarrollar los pulmones o plantar más árboles.
—Para eso estoy aquí —se dijo. El fuego le respondió con un chasquido—. En las escuelas nos
contaban la historia de Johnny Appleseed, que anduvo por toda América plantando semillas de
manzanos. Bueno, pues yo hago más. Yo planto robles, olmos, arces y toda clase de árboles; álamos,
cedros y castaños. No pienso sólo en alimentar el estómago con fruta, fabrico aire para los pulmones.
Cuando estos árboles crezcan algunos de estos años, ¡cuánto oxígeno darán!
Recordó su llegada a Marte. Como otros mil paseó los ojos por la apacible mañana y se dijo:
—¿Qué haré yo en este mundo? ¿Habrá trabajo para mí?
Luego se había desmayado.
Volvió en sí, tosiendo. Alguien le apretaba contra la nariz un frasco de amoníaco.
—Se sentirá bien en seguida —dijo el médico.
—¿Qué me ha pasado?
—El aire enrarecido. Algunos no pueden adaptarse. Me parece que tendrá que volver a la Tierra.
—¡No!
La Mañana Verde Ray Bradbury
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Se sentó y casi inmediatamente se le oscurecieron los ojos y Marte giró dos veces debajo de él.
Respiró con fuerza y obligó a los pulmones a que bebieran en el profundo vacío.
—Ya me estoy acostumbrando. ¡Tengo que quedarme!
Le dejaron allí, acostado, boqueando horriblemente, como un pez. «Aire, aire, aire —pensaba—.
Me mandan de vuelta a causa del aire.» Y volvió la cabeza hacia los campos y colinas marcianos, y
cuando se le aclararon los ojos vio en seguida que no había árboles, ningún árbol, ni cerca ni lejos. Era
una tierra desnuda, negra, desolada, sin ni siquiera hierbas. Aire, pensó, mientras una sustancia
enrarecida le silbaba en la nariz. Aire, aire. Y en la cima de las colinas, en la sombra de las laderas y aun
a orillas de los arroyos, ni un árbol, ni una solitaria brizna de hierba. ¡Por supuesto! Sintió que la
respuesta no le venía del cerebro, sino de los pulmones y la garganta. Y el pensamiento fue como una
repentina ráfaga de oxígeno puro, y lo puso de pie. Hierba y árboles. Se miró las manos, el dorso, las
palmas. Sembraría hierba y árboles. Ésa sería su tarea, luchar contra la cosa que le impedía quedarse en
Marte. Libraría una privada guerra hortícola contra Marte. Ahí estaba el viejo suelo, y las plantas que
habían crecido en él eran tan antiguas que al fin habían desaparecido. Pero ¿y si trajera nuevas
especies? Árboles terrestres, grandes mimosas, sauces llorones, magnolias, majestuosos eucaliptos.
¿Qué ocurriría entonces? Quién sabe qué riqueza mineral no ocultaba el suelo, y que no asomaba a la
superficie porque los helechos, las flores, los arbustos y los árboles viejos habían muerto de cansancio.
—¡Permítanme levantarme! —gritó—. ¡Quiero ver al coordinador!
Habló con el coordinador de cosas que crecían y eran verdes, toda una mañana. Pasarían
meses, o años, antes de que se organizasen las plantaciones. Hasta ahora, los alimentos se traían
congelados desde la Tierra, en carámbanos volantes, y unos pocos jardines públicos verdeaban en
instalaciones hidropónicas.
—Entretanto, ésta será su tarea —dijo el coordinador—. Le entregaremos todas nuestras
semillas; no son muchas. No sobra espacio en los cohetes por ahora. Además, estas primeras ciudades
son colectividades mineras, y me temo que sus plantaciones no contarán con muchas simpatías.
—¿Pero me dejarán trabajar?
Lo dejaron. En una simple motocicleta, con la caja llena de semillas y retoños, llegó a este valle
solitario, y echó pie a tierra.
Eso había ocurrido hacía treinta días, y nunca había mirado atrás. Mirar atrás hubiera sido
descorazonarse para siempre. El tiempo era excesivamente seco, parecía poco probable que las semillas
hubiesen germinado. Quizá toda su campaña, esas cuatro semanas en que había cavado encorvado
sobre la tierra, estaba perdida. Clavaba los ojos adelante, avanzando poco a poco por el inmenso valle
soleado, alejándose de la primera ciudad, aguardando la llegada de las lluvias.
Mientras se cubría los hombros con la manta, vio que las nubes se acumulaban sobre las
montañas secas. Todo en Marte era tan imprevisible como el curso del tiempo. Sintió alrededor las
calcinadas colinas, que la escarcha de la noche iba empapando, y pensó en la tierra del valle, negra
como la tinta, tan negra y lustrosa que parecía arrastrarse y vivir en el hueco de la mano, una tierra
fecunda en donde podrían brotar unas habas de larguísimos tallos, de donde caerían quizás unos
gigantes de voz enorme, dándose unos golpes que le sacudirían los huesos.
El fuego tembló sobre las cenizas soñolientas. El distante rodar de un carro estremeció el aire
tranquilo. Un trueno. Y en seguida un olor a agua.
«Esta noche —pensó—. Y extendió la mano para sentir la lluvia. Esta noche.»
Lo despertó un golpe muy leve en la frente.
El agua le corrió por la nariz hasta los labios. Una gota le cayó en un ojo, nublándolo. Otra le
estalló en la barbilla.
La lluvia.
Gentileza de El Trauko http://go.to/trauko
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Fresca, dulce y tranquila, caía desde lo alto del cielo como un elixir mágico que sabía a
encantamientos, estrellas y aire, arrastraba un polvo de especias, y se le movía en la lengua como raro
jerez liviano.
Se incorporó. Dejó caer la manta y la camisa azul. La lluvia arreciaba en gotas más sólidas. Un
animal invisible danzó sobre el fuego y lo pisoteó hasta convertirlo en un humo airado. Caía la lluvia. La
gran tapa negra del cielo se dividió en seis trozos de azul pulverizado, como un agrietado y maravilloso
esmalte y se precipitó a tierra. Diez billones de diamantes titubearon un momento y la descarga eléctrica
se adelantó a fotografiarlos. Luego oscuridad y agua.
Calado hasta los huesos, Benjamin Driscoll se reía y se reía mientras el agua le golpeaba los
párpados. Aplaudió, y se incorporó, y dio una vuelta por el pequeño campamento, y era la una de la
mañana.
Llovió sin cesar durante dos horas. Luego aparecieron las estrellas, recién lavadas y más
brillantes que nunca.
El señor Benjamin Driscoll sacó una muda de ropa de una bolsa de celofán, se cambió, y se
durmió con una sonrisa en los labios.
El sol asomó lentamente entre las colinas. Se extendió pacíficamente sobre la tierra y despertó al
señor Driscoll.
No se levantó en seguida. Había esperado ese momento durante todo un interminable y caluroso
mes de trabajo, y ahora al fin se incorporó y miró hacia atrás.
Era una mañana verde.
Los árboles se erguían contra el cielo, uno tras otro, hasta el horizonte. No un árbol, ni dos, ni una
docena, sino todos los que había plantado en semillas y retoños. Y no árboles pequeños, no, ni brotes
tiernos, sino árboles grandes, enormes y altos como diez hombres, verdes y verdes, vigorosos y
redondos y macizos, árboles de resplandecientes hojas metálicas, árboles susurrantes, árboles alineados
sobre las colinas, limoneros, tilos, pinos, mimosas, robles, olmos, álamos, cerezos, arces, fresnos,
manzanos, naranjos, eucaliptos, estimulados por la lluvia tumultuosa, alimentados por el suelo mágico y
extraño, árboles que ante sus propios ojos echaban nuevas ramas, nuevos brotes.
—¡Imposible! —exclamó el señor Driscoll.
Pero el valle y la mañana eran verdes.
¿Y el aire?
De todas partes, como una corriente móvil, como un río de las montañas, llegaba el aire nuevo, el
oxígeno que brotaba de los árboles verdes. Se lo podía ver, brillando en las alturas, en oleadas de cristal.
El oxígeno, fresco, puro y verde, el oxígeno frío que transformaba el valle en un delta frondoso. Un
instante después las puertas de las casas se abrirían de par en par y la gente se precipitaría en el milagro
nuevo del oxígeno, aspirándolo en bocanadas, con mejillas rojas, narices frías, pulmones revividos,
corazones agitados, y cuerpos rendidos animados ahora en pasos de baile.
Benjamin Driscoll aspiró profundamente una bocanada de aire verde y húmedo, y se desmayó.
Antes que despertara de nuevo, otros cinco mil árboles habían subido hacia el sol amarillo.
F I N
ACTIVIDADES
1) ¿Qué temas propios de la ciencia ficción se presentan en el cuento leído?
2) ¿Por qué podemos afirmar que “La mañana verde” es un cuento de ciencia ficción?
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Para leer la Biografía de Ray Bradbury...
https://www.biografiasyvidas.com/biografia/b/bradbury.htm
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Los diez inventos que predijo Ray Bradbury
http://imaginadores.blogspot.com.ar/2012/06/los-diez-inventos-que-predijo-ray.html
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Para leer la biografía de Isaac Asimov.
https://www.asimov.es/
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Las predicciones de Asimov
https://www.biografiasyvidas.com/biografia/b/bradbury.htm
-----
Los diez inventos que predijo Ray Bradbury
http://imaginadores.blogspot.com.ar/2012/06/los-diez-inventos-que-predijo-ray.html
-------
- Isaac Asimov
Robbie
—Noventa y ocho... noventa y nueve... cien.
Gloria apartó el pequeño antebrazo que tenía delante de los ojos y permaneció quieta un
momento, arrugando la nariz y parpadeando ante la luz del sol. A continuación, intentando
mirar en todas las direcciones a la vez, se apartó unos pasos cautelosos del árbol contra el cual
había estado apoyada.
Estiró el cuello para investigar las posibilidades de un grupo de arbustos a la derecha y
seguidamente se alejó más a fin de obtener un ángulo mejor para observar su oscuro interior.
El silencio era profundo salvo por el incesante zumbido de los insectos y el poco frecuente
gorjeo de algún pájaro robusto, que desafiaba el sol de mediodía.
Gloria hizo pucheros.
—Apuesto a que se ha metido dentro de la casa y le he dicho un millón de veces que esto no
es justo.
Con los finos labios apretados fuertemente y un severo ceño arrugando su frente, se
encaminó decidida hacia el edificio de dos plantas situado después de la avenida.
Demasiado tarde oyó el sonido de un crujido detrás de ella, seguido por las claras y rítmicas
pisadas fuertes de los pies metálicos de Robbie. Se dio la vuelta para ver cómo su triunfante
compañero surgía de su escondite y se dirigía al árbol cabaña a toda velocidad.
Gloria gritó consternada:
—¡Espera, Robbie! ¡Esto no es justo, Robbie! Me habías prometido que no correrías hasta
que te encontrase.
Sus pequeños pies no podían en absoluto tomar la delantera a las zancadas gigantes de
Robbie. Luego, a tres metros de la meta, el paso de Robbie aminoró de repente hasta
simplemente arrastrarse, y Gloria, con un impulso final de salvaje velocidad, lo adelantó sin
aliento para tocar primero la bienvenida corteza del árbol.
Se volvió con júbilo hacia el fiel Robbie y, con la más baja de las ingratitudes, recompensó su
sacrificio echándole cruelmente en cara su falta de habilidad corriendo.
—¡Robbie no sabe correr! —gritó con el tono más alto de su voz de ocho años—. Le puedo
ganar cuando quiera. Le puedo ganar cuando quiera. —Y cantaba las palabras con un ritmo
estridente.
Robbie no contestó, por supuesto... no con palabras. Por el contrario, se puso a hacer ver que
corría avanzando palmo a palmo hasta que Gloria empezó a correr detrás de él; éste la
esquivaba por poco, obligándola a girar en inútiles círculos, con los bracitos extendidos y
abanicando el aire.
—¡Robbie, estate quieto! —chilló, mientras se reía con sacudidas jadeantes.
Hasta que él se volvió de pronto y la cogió en volandas, haciéndola girar de forma que
durante un momento ella vio cómo el mundo descendía debajo de un vacío azul y los árboles
verdes se estiraban ávidamente boca abajo hacia el infinito. Luego, otra vez sobre la hierba,
apoyada contra la pierna de Robbie y todavía agarrando un duro y metálico dedo.
Al cabo de poco rato, recobró el aliento. Se retocó en vano el pelo despeinado en una vaga
imitación de uno de los gestos de su madre y se volvió para ver si el vestido se había roto.
Golpeó con la mano el torso de Robbie.
—¡Eres un chico malo! ¡Te voy a pegar!
Y Robbie se encogió y se cubrió el rostro con las manos, así que ella tuvo que añadir:
Isaac Asimov Relatos de robots
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—No. No lo haré, Robbie. No quiero pegarte. Pero en cualquier caso, ahora me toca a mí
esconderme porque tú tienes las piernas más largas y habías prometido no correr hasta que te
encontrase.
Robbie hizo un gesto de asentimiento con la cabeza -un pequeño paralelepípedo con los
ángulos redondos y los extremos inferiores sujetos por medio de un tubo flexible y corto a un
paralelepípedo similar pero mucho mayor que servía de torso- y se puso obedientemente de
cara al árbol. Sobre sus ojos brillantes descendió una película fina y metálica y desde el interior
del cuerpo salió un constante y resonante tic-tac.
—Ahora no mires de reojo... y no te saltes ningún número —advirtió Gloria, que corrió a
esconderse.
Los segundos fueron marcados con una regularidad invariable y, al centésimo, se
levantaron los párpados y el rojo brillante de los ojos de Robbie rastrearon el entorno.
Descansaron por un momento en una guinga abigarrada que sobresalía detrás de una roca.
Avanzó unos pasos y se convenció de que Gloria estaba escondida detrás.
Lentamente, permaneciendo siempre entre Gloria y el árbol, avanzó hacia el escondite y,
cuando Gloria estuvo completamente a la vista no pudiendo ya siquiera decirse que no había
sido vista, él extendió un brazo hacia ella, dando con la otra una palmada a su pierna de forma
que sonase. Gloria salió mohína.
—¡Has mirado! —exclamó, con gran injusticia—. Además, estoy cansada de jugar al
escondite. Quiero cabalgar.
Pero Robbie estaba dolido por la injusta acusación, se sentó con cuidado y movió
pesadamente la cabeza de un lado al otro.
Gloria cambió inmediatamente de tono, por uno más amable y mimoso.
—Vamos, Robbie. No quería decir eso de que habías mirado. Dame un paseo.
Sin embargo, Robbie no era tan fácil de conquistar. Se puso a mirar fijamente el cielo con
porfía y sacudió la cabeza de forma todavía más enfática.
—Por favor, Robbie, por favor, dame una vuelta —dijo ella, mientras rodeaba su cuello con
rosados brazos y lo abrazaba fuertemente. Luego, cambiando de pronto de humor, se apartó—.
Si no quieres, me pondré a llorar. —Y su rostro se preparó distorsionándose terriblemente.
Insensible, Robbie prestó escasa atención a esta terrible eventualidad, y sacudió la cabeza
por tercera vez. Gloria consideró necesario jugar su triunfo.
—Si no quieres —exclamó calurosamente—, no volveré a contarte cuentos, así de simple. Ni
uno solo...
Ante este ultimátum, Robbie cedió inmediata e incondicionalmente, asintiendo de forma
vigorosa con la cabeza hasta que el metal de su cuello zumbó. Con sumo cuidado, levantó a la
niña y la colocó sobre sus anchos y planos hombros.
Las amenazadoras lágrimas de Gloria cesaron de inmediato y canturreó feliz. La piel
metálica de Robbie, mantenida a la constante temperatura de veintiún grados por medio de
unas bobinas interiores de alta resistencia, era agradable y acogedora, y el sonido
maravillosamente fuerte que producían los talones de ella al chocar contra su pecho mientras
saltaban de forma rítmica, era encantador.
—Eres una aeronave patrullera, Robbie, eres una grande y plateada aeronave patrullera.
Extiende los brazos rectos... Si vas a ser una aeronave patrullera, debes hacerlo, Robbie.
La lógica era irrefutable. Los brazos de Robbie eran alas que cazaban las corrientes aéreas y
él era una plateada aeronave patrullera.
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Gloria giró la cabeza del robot y la dirigió hacia la derecha. Él se inclinó de lado
bruscamente. Gloria equipó la aeronave con un motor que hacia «B-r-r-r» y a continuación con
unas armas que decían «Pow-pow» y «Sh-sh-sh-sh-sh». Daban caza a los piratas y entraron en
juego los estallidos de la nave. Los piratas caían como moscas.
—Dale a otro... Otros dos —gritó ella.
Luego:
—Más de prisa, chicos —dijo Gloria pomposamente—, nos estamos quedando sin
municiones.
Apuntó sobre su propio hombro con valor indomable y Robbie era una nave espacial de
nariz contundente que se empinaba en el vacío a la máxima aceleración.
Corrió a gran velocidad a través del campo despejado hasta el sendero de hierba alta del
otro lado, donde se detuvo con una brusquedad que provocó un chillido de su sofocado jinete,
y seguidamente la dejó caer sobre la suave y verde alfombra.
Gloria respiraba con dificultad, jadeaba y emitía intermitentes susurros exclamativos de:
—¡Oh, qué bonito ha sido!
Robbie esperó hasta que ella hubiese recobrado el aliento y entonces le estiró suavemente de
un rizo.
—¿Quieres algo? —dijo Gloria, con los ojos abiertos de par en par con una complejidad
aparentemente ingenua que no engañó a su «niñera» en absoluto. Le estiró más fuerte del
mechón.
—Ah, ya lo sé, quieres un cuento. —Robbie asintió rápidamente—. ¿Cuál?
Robbie hizo un semicírculo en el aire con un dedo.
La pequeña protestó.
—¿Otra vez? Te he contado «Cenicienta» un millón de veces. ¿No estás cansado de oírla...?
Es para niños.
Otro semicírculo.
—Oh, bien —Gloria se preparó, repasó el cuento en su mente (junto con sus propias
elaboraciones que eran varias) y empezó—: ¿Estás preparado? Bien... Érase una vez una
hermosa niña que se llamaba Ella. Y tenía una madrastra terriblemente cruel y dos
hermanastras muy feas y muy crueles y...
Gloria estaba llegando al punto álgido del cuento -estaba sonando la medianoche y todo
estaba volviendo al original y pobre escenario, mientras Robbie escuchaba tensamente con ojos
ardientes- cuando llegó la interrupción.
—¡Gloria!
Era el tono alto de la voz de una mujer que había estado llamando no una, sino varias veces;
y tenía el tono nervioso de alguien cuya ansiedad estaba empezando a transformarse en
impaciencia.
—Mamá me está llamando —dijo Gloria, no del todo feliz—. Será mejor que me lleves a
casa, Robbie.
Robbie obedeció con presteza pues en cierto modo había algo dentro de él que consideraba
que lo mejor era obedecer a la señora Weston, sin siquiera una pizca de vacilación. El padre de
Gloria rara vez estaba en casa durante el día salvo los domingos -hoy, por ejemplo- y, cuando
estaba, la madre de Gloria era una fuente de desasosiegos para Robbie y siempre estaba
presente el impulso de escabullirse de su vista.
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La señora Weston los vio cuando aparecieron por encima de la mata de hierba alta que los
tapaba y entró en la casa a esperarlos.
—Me he quedado ronca de gritar, Gloria —dijo, severamente—. ¿Dónde estabas?
—Estaba con Robbie —dijo Gloria, con voz temblorosa—. Le estaba contando Cenicienta y
me he olvidado de que era la hora de comer.
—Bien, es una lástima que Robbie también lo haya olvidado. —Luego, como si esto le
hubiera recordado la presencia del robot, se volvió hacia él—. Puedes marcharte, Robbie.
Ahora no te necesita. —Y, brutalmente—: Y no vuelvas hasta que te llame.
Robbie dio media vuelta para marcharse, pero titubeó cuando Gloria gritó en su defensa:
—Espera, mamá, deja que se quede. No he terminado de contarle Cenicienta. Le he dicho
que se lo contaría y no he terminado.
—¡Gloria!
—De verdad, mamá, se quedará tranquilo, ni siquiera te darás cuenta de que está. Puede
sentarse en la silla del rincón y no dirá ni una palabra, quiero decir no hará nada. ¿Verdad,
Robbie?
Robbie, así interpelado, movió una vez en señal afirmativa su maciza cabeza arriba y abajo.
—Gloria, si no paras con esto inmediatamente, no verás a Robbie durante una semana
entera.
La niña bajó los ojos.
—¡Está bien! Pero Cenicienta es su cuento favorito y no lo he terminado... Y le gusta mucho.
El robot se alejó con paso desconsolado y Gloria contuvo un sollozo.
George Weston estaba a gusto. Solía estar a gusto los domingos por la tarde. Una buena y
abundante comida a la sombra; un bonito y blando sofá en estado ruinoso para tumbarse; un
ejemplar del Times; zapatillas en los pies y el pecho desnudo... ¿cómo podría alguien evitar
estar a gusto?
Por consiguiente, no apreció nada que entrase su mujer. Después de diez años de vida
matrimonial, era todavía tan indeciblemente estúpido como para quererla y no había duda de
que siempre estaba contento de verla; sin embargo las tardes de los domingos eran sagradas
para él y su idea de la sólida relajación era que lo dejasen en completa soledad por espacio de
dos o tres horas. Por lo tanto, posó firmemente su mirada en los últimos informes sobre la
expedición Lefebre-Yoshida a Marte (ésta iba a salir de la Base Lunar y podía finalmente ser un
éxito) e hizo como si ella no estuviese.
La señora Weston esperó con paciencia dos minutos, luego con impaciencia otros dos, y
finalmente rompió el silencio.
—¡George!
—¿Mmmmm?
—¡He dicho George! ¿Quieres dejar ese periódico y mirarme?
El periódico crujió al caer al suelo y Weston volvió hacia su mujer una cara hastiada.
—¿Qué pasa, querida?
—Ya sabes lo que pasa, George. Se trata de Gloria y esa horrible máquina.
—¿Qué horrible máquina?
—Ahora no pretendas que no sabes de lo que estoy hablando. Es ese robot que Gloria llama
Robbie. No la deja ni un momento.
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—Bien, ¿por qué debería hacerlo? Se supone que está para esto. Y de cierto no es una
máquina horrible. Es el mejor condenado robot que pueda comprar el dinero y sin duda me ha
costado los ingresos de medio año. Sin embargo, lo vale... El condenado es más listo que la
mitad del equipo de mi oficina.
Hizo un movimiento para volver a coger el periódico, pero su mujer fue más rápida y lo
agarró ella.
—Escúchame, George. No quiero que mi hija esté confiada a una máquina... y no me
importa lo lista que sea. No tiene alma y nadie sabe lo que puede estar pensando.
Sencillamente un niño no está hecho para que lo cuide una cosa de metal.
Weston frunció el ceño.
—¿Cuándo has decidido esto? Hace dos años que está con Gloria y no te había visto
preocupada hasta ahora.
—Al principio era diferente. Era una novedad; me sacó una carga de encima... y estaba de
moda hacerlo. Pero ahora no sé. Los vecinos...
—Bien, ¿qué pintan los vecinos con esto? Ahora, escucha. Se puede confiar infinitamente
más en un robot que en una niñera humana. En realidad, Robbie fue construido con un único
objetivo: ser el compañero de un niño pequeño. Toda su «mentalidad» ha sido creada para este
propósito. Sencillamente no puede evitar ser leal, encantador y amable. Es una máquina...
hecha así. Es más de lo que se puede decir con respecto a los humanos.
—Pero algo puede ir mal. Algún... algún... —la señora Weston estaba un poco confusa en lo
tocante al interior de un robot—, algún chismecito se soltará, la cosa horrible perderá los
estribos y... y... —no pudo cobrar el valor para completar el bastante obvio pensamiento.
—No tiene sentido —negó Weston, con un involuntario escalofrío nervioso—. Esto es
completamente ridículo. Cuando compramos a Robbie hablamos mucho sobre la Primera Ley
de la Robótica. Tú sabes que es imposible que un robot haga daño a un ser humano; que
mucho antes de que pueda funcionar mal hasta el punto de alterar la Primera Ley, un robot se
volvería completamente inoperable. Es matemáticamente imposible. Además, dos veces al año
acude un ingeniero de U.S. Robots para hacerle al pobre aparato una revisión completa. Es más
fácil que tú y yo nos volvamos locos de repente a que algo vaya mal con Robbie, de hecho
mucho más. Por otra parte, ¿cómo vas a separarlo de Gloria?
Hizo otra tentativa inútil hacia el periódico y su mujer lo arrojó con furia a la otra
habitación.
—¡Se trata precisamente de esto, George! No quiere jugar con nadie más. Hay docenas de
niños y niñas con los que debería hacer amistad, pero no quiere. No se acerca a ellos si yo no la
obligo. Una niña pequeña no debe crecer así. Tú quieres que sea normal, ¿verdad? Tú quieres
que sea capaz de formar parte de la sociedad.
—Estás sacando las cosas de quicio, Grace. Imagínate que Robbie es un perro. He visto
cientos de niños que antes se quedarían con su perro que con su padre.
—Un perro es diferente, George. Debemos deshacernos de esta horrible cosa. Puedes volver
a venderlo a la compañía. Lo he preguntado y puedes hacerlo.
—¿Lo has preguntado? Ahora escucha, Grace, no te subas por las paredes. Nos quedaremos
con el robot hasta que Gloria sea mayor y no quiero volver a hablar de esta cuestión. —Y con
esto salió ofendido de la habitación.
Dos días después, la señora Weston esperaba por la tarde a su marido en la puerta.
—Tienes que escuchar esto, George. En el pueblo hay mal ambiente.
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—¿Por qué? —preguntó Weston. Se metió en el cuarto de baño y ahogó toda posible
contestación con el chapoteo del agua.
La señora Weston esperó. Dijo:
—Por Robbie.
Weston salió, con la toalla en la mano y el rostro rojo y airado.
—¿De qué estás hablando?
—Oh, ha ido creciendo y creciendo. Había intentado ignorarlo, pero no voy a seguir
haciéndolo. La mayoría de la gente del pueblo considera que Robbie es peligroso. No permiten
que los niños se acerquen por aquí al atardecer.
—Nosotros confiamos nuestra hija a este aparato.
—Bien, la gente no es tolerante con estas cosas.
—Entonces al demonio con ellos.
—Decir esto no resuelve el problema. Yo tengo que hacer las compras allí. Yo tengo que
verlos cada día. Y con respecto a los robots actualmente es peor en la ciudad. Nueva York
acaba de ordenar que ningún robot debe permanecer en la calle entre la puesta y la salida del
sol.
—De acuerdo, pero no pueden evitar que nosotros tengamos un robot en nuestra casa.
Grace, ésta es una de tus campanas. Lo sé. Pero es inútil. ¡La respuesta sigue siendo, no! ¡Nos
quedamos con Robbie!
Pero él quería a su mujer -y lo que era peor, su mujer lo sabía. George Weston, al fin de
cuentas, no era más que un hombre, pobrecito, y su esposa hizo pleno uso de todos los
mecanismos que el sexo más torpe y más escrupuloso ha aprendido a temer, con razón e
inútilmente.
Diez veces durante la misma semana, él gritó:
—Robbie se queda.. ¡y no hay más que hablar! —Y cada vez la frase resultaba más débil e
iba acompañada de un gemido más alto y agonizante.
Llegó por fin el día en que Weston se acercó a su hija con sentimiento de culpa y le sugirió
un espectáculo «maravilloso de visivox» en el pueblo.
Gloria aplaudió feliz.
—¿Robbie puede ir?
—No, querida —dijo, y se estremeció ante el sonido de su voz—, no dejan entrar robots en
el visivox; pero se lo puedes contar todo cuando vuelvas a casa —pronunció torpemente las
últimas palabras y desvió la vista.
Gloria regresó del pueblo rebosante de entusiasmo, pues el visivox había sido en efecto un
espectáculo maravilloso.
Esperó a que su padre aparcase el coche a reacción en el garaje subterráneo.
—Ya verás cuando se lo cuente a Robbie, papá. Le habría gustado más que cualquier cosa...
Especialmente cuando Francis Fran estaba retrocediendo mu-y-y despacito, fue a dar con el
Hombre Leopardo y tuvo que echar a correr —Se rió de nuevo—. Papá, ¿realmente hay
Hombres Leopardo en la Luna?
—Probablemente no —dijo Weston, ausente—. Simplemente es divertido hacerlo creer.
Ya no podía entretenerse más con el coche. Tenía que afrontarlo.
Gloria cruzó el césped corriendo.
—Robbie... ¡Robbie!
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Entonces se detuvo de repente al ver un precioso pastor escocés que la miraba con unos ojos
marrones y serios mientras movía la cola en el porche.
—¡Oh, qué perro tan bonito! —Gloria subió los escalones a saltos, se acercó cautelosamente
a él y le pasó la mano por encima—. ¿Es para mí, papá?
Su madre se había reunido con ellos.
—Así es, Gloria. Es precioso... suave y peludo. Es muy simpático. Le gustan las niñas
pequeñas.
—¿Conoce juegos?
—Claro. Puede hacer cualquier tipo de trucos. ¿Quieres ver alguno?
—Un momento. Quiero que Robbie también lo vea... ¡Robbie! —Se detuvo, insegura, y
frunció el ceño—. Apuesto a que se ha quedado en su habitación porque está enfadado
conmigo por no habérmelo llevado al visivox. Papá, tendrás que explicárselo. Es posible que a
mí no me crea, pero lo creerá si se lo dices tú, es así.
Los labios de Weston se apretaron. Miró hacia su mujer pero no pudo encontrar su mirada.
Gloria se volvió precipitadamente y bajó corriendo la escalera del sótano, gritando mientras
se alejaba:
—Robbie... Ven a ver lo que me han traído papá y mamá. Me han traído un perro, Robbie.
Al cabo de un minuto estaba de vuelta, pequeña niña asustada.
—Mamá, Robbie no está en su habitación. ¿Dónde está? —No hubo respuesta, George
Weston tosió y de repente le interesó en extremo una nube deslizándose sin rumbo. La voz de
Gloria temblaba y estaba al borde de las lágrimas—. ¿Dónde está Robbie, mamá?
La señora Weston se sentó y acercó cariñosamente a su hija hacia ella.
—No llores, Gloria. Creo que Robbie se ha ido.
—¿Se ha ido? ¿A dónde? ¿Dónde se ha ido, mamá?
—Lo hemos buscado, buscado y buscado, pero no lo hemos encontrado. Nadie lo sabe,
querida. Simplemente se ha ido.
—¿Quieres decir que no volverá nunca más? —Sus ojos se habían vuelto redondos por el
horror.
—Quizá lo encontremos pronto. Seguiremos buscándolo. Y mientras tanto puedes jugar con
tu bonito perro nuevo. ¡Miralo! Se llama Lightning y puede...
Pero los párpados de Gloria estaban empapados.
—Yo no quiero a este perro repugnante... quiero a Robbie. Quiero que me encuentres a
Robbie.
Su sentimiento se volvió demasiado profundo para hablar y balbuceaba en un lamento
estridente.
La señora Weston miró a su marido en busca de ayuda, pero él se limitó a arrastrar los pies
malhumorado y no dejó de mirar fijamente el cielo, así que ella se inclinó para la tarea de
consolar a la niña.
—¿Por qué lloras, Gloria? Robbie era sólo una máquina, únicamente una asquerosa
máquina vieja. No tenía vida alguna.
—¡No era no una máquina! —gritó Gloria, fiera e incorrectamente—. Era una persona como
tú y como yo y era mi amigo. Quiero que vuelva. Oh, mamá, quiero que vuelva.
Su madre gimió derrotada y dejó a Gloria con su pena.
—Deja que llore —le dijo a su marido—. Las penas infantiles nunca duran mucho. Dentro
de pocos días, habrá olvidado que ese horrible robot ha existido jamás.
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Pero el tiempo mostró que la señora Weston había sido un poco demasiado optimista. Es
más, Gloria dejó de llorar, pero dejó también de reír y los días que transcurrían la hallaron cada
vez más silenciosa y sombría. Gradualmente, su actitud de infelicidad pasiva hizo que la
señora Weston se rindiese y todo lo que le impedía ceder era la imposibilidad de admitir su
derrota al marido.
Luego, una noche, se precipitó a la sala de estar, se sentó y cruzó los brazos, parecía
enloquecida.
Su marido alargó el cuello para verla sobre el periódico.
—¿Qué pasa ahora, Grace?
—Es la niña, George. Hoy he tenido que devolver el perro. Gloria decía de forma
contundente que no podía soportar verlo. Me está llevando a una crisis nerviosa.
Weston dejó el periódico y un esperanzador resplandor tomó posesión de su mirada.
—Tal vez... Tal vez deberíamos traer de nuevo a Robbie. Se puede hacer, ¿sabes? Puedo
ponerme en contacto con...
—¡No! —contestó ella, inexorablemente—. No quiero oír hablar de ello. No vamos a ceder
tan fácilmente. Mi hija no será cuidada por un robot si hacen falta años para consolarse de su
pérdida.
Weston volvió a coger el periódico con un aire de disgusto.
—Un año así me volvería el cabello prematuramente blanco.
—Eres de una gran ayuda, George —fue la gélida respuesta—. Lo que Gloria necesita es un
cambio de aires. Es natural que no pueda olvidar a Robbie aquí. Cómo podría si cada árbol y
cada piedra le recuerda a él. Realmente es la situación más tonta que jamás he conocido. Una
niña languideciendo a causa de un robot.
—Bien, basta con esto. ¿Cuál es el cambio que tienes en mente?
—Vamos a llevarla a Nueva York.
—¡A la ciudad! ¡En agosto! Dime, ¿tú sabes lo que es Nueva York en agosto? Insoportable.
—Millones de personas no piensan así.
—No tienen un lugar como éste donde ir. Si no tuviesen que quedarse en Nueva York, no lo
harían.
—Bien, no importa. He dicho que nos marchamos ahora, o tan pronto como podamos
disponerlo todo. En la ciudad, Gloria encontrará suficientes cosas interesantes y suficientes
amigos para reanimarse y olvidar a aquella máquina.
—Oh, Señor —se quejó la mitad más débil—, esas calzadas ardientes.
—Tenemos que hacerlo —fue la impertérrita respuesta—. Gloria ha adelgazado dos kilos en
el último mes y la salud de mi niñita es más importante que tu comodidad.
—Es una lástima que no pensases en la salud de tu niñita antes de privarla de su robot de
compañía —murmuró él... para sus adentros.
Gloria dio inmediatos signos de mejora cuando se enteró del inminente viaje a la ciudad.
Hablaba poco de ello, pero cuando lo hacía era siempre con viva ilusión. Empezó a sonreír de
nuevo y a comer casi con su apetito anterior.
La señora Weston se felicitó por esta alegría y no perdió oportunidad de mostrarse triunfal
con su todavía escéptico marido.
—Ya lo ves, George, ayuda a hacer el equipaje como un angelito y parlotea como si no
tuviese una sola inquietud en el mundo. Es exactamente lo que yo te había dicho... todo lo que
necesitamos es sustituir el interés.
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—Mmmm —fue la escéptica respuesta—. Eso espero.
Los preliminares tuvieron lugar rápidamente. Se hicieron los arreglos oportunos para la
preparación del piso de la ciudad y fue contratada una pareja para ocuparse de la casa de
campo. Cuando por fin llegó el día del viaje, Gloria era completamente la de antes y por sus
labios no pasó mención alguna sobre Robbie.
La familia, de muy buen humor, cogió un girotaxi para dirigirse al aeropuerto (Weston
habría preferido utilizar su giro privado, pero era de dos plazas sin sitio para el equipaje) y se
subieron al avión que estaba esperando.
—Ven, Gloria —llamó la señora Weston—. Te he guardado un asiento junto a la ventanilla
para que puedas contemplar el paisaje.
Gloria recorrió el pasillo alegremente, aplastó la nariz contra un óvalo blanco junto al grueso
cristal transparente y se puso a observar con una atención creciente mientras la repentina tos
del motor empezaba a zumbar detrás en el interior. Era demasiado pequeña para asustarse
cuando el suelo desapareció como si hubiese pasado por una escotilla y ella de repente dobló
su peso habitual, pero no demasiado pequeña para estar muy interesada. No fue hasta que la
tierra se convirtió en un diminuto mosaico acolchado que apartó la nariz y se volvió de nuevo
hacia su madre.
—¿Llegaremos pronto a la ciudad, mamá? —preguntó, mientras se frotaba la helada nariz y
miraba con interés cómo la mancha de humedad que había dejado su respiración en el vidrio
se reducía lentamente y desaparecía.
—Dentro de aproximadamente media hora, querida —y añadió sin el mínimo rastro de
ansiedad—: ¿Estás contenta de que vayamos? ¿Verdad que estarás encantada en la ciudad con
todos los edificios, la gente y cosas para ver? Iremos al visivox cada día, a espectáculos, al
circo, a la playa y...
—Sí, mamá —fue la contestación poco entusiasta de Gloria.
El avión pasaba por un banco de nubes en aquel momento y la atención de Gloria fue
absorbida por el espectáculo insólito de las nubes por debajo de ella. Luego volvieron al cielo
claro y ella se dirigió a su madre con un repentino aire misterioso de secreto conocimiento.
—Yo sé por qué vamos a la ciudad, mamá.
—¿Lo sabes? —la señora Weston estaba perpleja—. ¿Por qué, querida?
—No me lo habéis dicho porque queríais darme una sorpresa, pero yo lo sé. —Por un
momento, se perdió en la admiración de su aguda penetración y luego se rió alegremente—.
Vamos a Nueva York para poder encontrar a Robbie, ¿verdad? Con detectives.
Esta declaración cogió a George mientras estaba bebiendo un vaso de agua, con resultados
desastrosos. Se produjo una especie de grito ahogado, un géiser de agua y a continuación un
exceso de tos asfixiante. Cuando todo hubo pasado, era una persona empapada de agua, con la
cara roja y muy, muy contrariada.
La señora Weston guardó la compostura, pero cuando Gloria repitió la pregunta con un
tono de voz más ansioso, su estado de ánimo se deterioró bastante.
—Tal vez —contestó, secamente—. Y ahora siéntate y estate tranquila, por amor de Dios.
Nueva York City del 1988 d. de C., era un paraíso para el visitante, más que nunca en su
historia. Los padres de Gloria se percataron de ello y le sacaron el mejor partido.
Por órdenes directas de su mujer, George Weston se había organizado para que su negocio
prescindiese de él por espacio de aproximadamente un mes, a fin de estar libre para dedicar el
tiempo a lo que él llamó «alejar a Gloria del borde de la ruina». Como todo lo que hacía
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Weston, esto se desarrolló de forma eficiente, concienzuda y práctica. Antes de que hubiese
transcurrido el mes, nada de lo que se podía hacer había sido omitido.
La llevaron a la cima del Roosevelt Building, de media milla de altura, para observar con
temor reverencial el panorama mellado de los tejados que se mezclaban a lo lejos en los
campos de Long Island y la tierra plana de Nueva Jersey. Visitaron los zoos donde Gloria
contempló con regocijado temor el «león vivo» (bastante decepcionada por el hecho de que los
guardianes los alimentasen con carne cruda, en lugar de con seres humanos, como ella había
esperado), y pidió de forma insistente y perentoria ver a «la ballena».
Los distintos museos fueron blanco de la atención por todos compartida, junto con los
parques, las playas y el acuario.
La llevaron a una excursión que ascendía medio curso del Hudson con un vapor equipado
en la forma arcaica de los locos años veinte. Viajó a la estratosfera en un viaje de exhibición,
donde el cielo se volvía de un púrpura intenso, surgían las estrellas y la nebulosa tierra bajo
ella parecía un enorme recipiente cóncavo. La llevaron en un barco submarino de paredes de
cristal bajo las aguas del canal de Long Island, donde en un mundo verde y oscilante, unas
cosas acuáticas pintorescas y curiosas se la comían con los ojos y se alejaban contoneándose.
En un nivel más prosaico, la señora Weston la llevó a los grandes almacenes donde pudo
deleitarse en otro estilo de país de ensueño.
De hecho, cuando el mes había casi transcurrido, los Weston estaban convencidos de que se
había hecho todo lo concebible para apartar al ausente Robbie de una vez por todas de la
mente de Gloria, pero no estaban completamente seguros de haberlo conseguido.
Quedaba el hecho de que allí donde fuese Gloría, mostraba el más absorto y concentrado
interés por los robots que pudiesen estar presentes. Por muy excitante que fuese el espectáculo
que se desarrollaba delante de ella, o por muy nuevo que fuese para sus ojos infantiles, se
volvía instantáneamente si por el rabillo del ojo vislumbraba un movimiento metálico.
La señora Weston se desviaba de su camino para mantener a Gloria alejada de todos los
robots.
Y el asunto alcanzó su cima de intensidad con el episodio del Museo de Ciencia e Industria.
El museo había anunciado un «programa especial para niños» donde tenía lugar una
exhibición de magia científica a escala de la mentalidad infantil. Los Weston, por supuesto, lo
clasificaron en su lista como «rotundamente sí».
Estaban los Weston completamente absortos en las hazañas de un potente electroimán
cuando la señora Weston de pronto se dio cuenta de que Gloria ya no estaba con ella. El pánico
inicial se transformó en decisión tranquila y, después de haberse procurado la ayuda de tres
empleados, se inició una búsqueda concienzuda.
Sin embargo, no era propio de Gloria vagar a la buena de Dios. Para su edad, era una niña
insólitamente resuelta y decidida, en esto tenía todos los genes maternos. Había visto un
enorme rótulo en la tercera planta, que decía: «Por aquí al Robot Hablador». Después de
haberlo leído para sus adentros y haber advertido que sus padres no parecían tomar la
dirección adecuada, hizo lo obvio. Esperó un momento oportuno de distracción de los padres,
se apartó sin ruido y siguió el rótulo.
El Robot Hablador era un tour de force, un aparato carente de todo sentido práctico, que
tenía sólo un valor publicitario. Una vez cada hora, un grupo escoltado se colocaba delante y,
con prudentes susurros, hacia preguntas al ingeniero al cargo del robot. Aquellas que el
ingeniero decidía eran adecuadas para los circuitos del robot, eran transmitidas al Robot
Hablador.
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Era bastante aburrido. Podía ser bonito saber que el cuadrado de catorce es ciento noventa y
seis, que la temperatura en este momento es de 72 grados Fahrenheit y la presión atmosférica
de 30,02 pulgadas de mercurio, que el peso atómico del sodio es 23, pero realmente uno no
necesita un robot para esto. En particular, uno no necesita una masa pesada y totalmente
inmóvil de alambres y bobinas que ocupan más de veinte metros cuadrados.
Poca gente tenía interés en volver para una segunda sesión, pero había una niña de unos
dieciséis años sentada muy tranquila en un banco esperando una tercera. Era la única persona
en la estancia cuando entró Gloria.
Gloria no la miró. En aquel momento, para ella, otro ser humano no era más que una cosa
insignificante. Reservó su atención para aquella enorme cosa con ruedas. Titubeó un instante
consternada. No se parecía a ningún robot que hubiese visto jamás.
Cautelosa e insegura, alzó su trémula voz.
—Por favor, señor Robot, señor, ¿es usted el Robot Hablador, señor?
No estaba segura, pero le parecía que un robot que efectivamente hablase merecía mucha
cortesía.(Una mirada de intensa concentración cruzó el fino y sencillo rostro de la adolescente.
Sacó un bloc de notas y empezó a escribir con rápidas manos). Se produjo un bien engrasado
zumbido de mecanismos, y una voz con timbre metálico resonó en unas palabras carentes de
acento y entonación.
—Yo... soy... el... robot... que... habla... —Gloría se lo quedó mirando tristemente. Podía
hablar, pero el sonido parecía provenir del interior de cualquier parte. No existía un rostro al
que hablarle.
Ella dijo:
—Necesito ayuda.
El Robot parlante estaba diseñado para responder preguntas, pero sólo para aquellas
preguntas que pudiera responder. Estaba muy confiado de su habilidad, y por lo tanto dijo:
—Puedo... ayudarle...
—Gracias, señor Robot, señor. ¿Ha visto a Robbie?
—¿Quién... es... Robbie?
—Es un robot, señor Robot, señor.
Se puso de puntillas.
—Es muy alto, señor Robot, señor, muy alto, y muy agradable. Verá, tiene una cabeza. Me
refiero a que usted no la tiene, pero él sí, señor Robot, señor.
El Robot parlante había quedado desconcertado.
—¿Un... robot?
—Sí, señor Robot, señor. Un robot como usted, excepto que no puede hablar, naturalmente
y... se parece a una persona auténtica.
—¿Un... robot... como... yo?
—Sí, señor Robot, señor.
La única respuesta a esto, por parte del Robot parlante, fue un errático balbuceo y algún
sonido incoherente ocasional. La generalización radical ofrecida, respecto de su existencia, no
como un objeto particular, sino como miembro de un grupo general, resultó demasiado para él.
Lealmente, trató de abarcar el concepto y se quemaron media docena de bobinas. Empezaron a
sonar pequeñas señales de alarma.(En aquel momento, la chica, que aún no había pasado la
adolescencia, se marchó. Tenía ya bastante para su primer articulo de Física-1, sobre el tema de
«Aspectos prácticos de la Robótica». Este articulo era uno de los primeros que escribiría Susan
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Calvin referentes a aquel tema). Gloria había aguardado, con una impaciencia cuidadosamente
reprimida, la respuesta de la máquina, cuando escuchó el grito detrás de ella de «Allí está», y
reconoció aquel grito como perteneciente a su madre.
—¿Qué estás haciendo aquí, niña mala? —le gritó la señora Weston, cuya ansiedad se estaba
disolviendo al instante en cólera—. ¿No sabes que has asustado casi a muerte a tu mamá y a tu
papá? ¿Por qué te escapaste?
El ingeniero en robótica también había entrado allí atropelladamente, mesándose los
cabellos y preguntando quién de todas aquellas personas congregadas había estado
estropeando la máquina.
—¿No han visto los letreros? —aulló—. No se les permite estar aquí sin ir acompañados.
Gloria alzó la voz por encima del jaleo:
—Yo sólo he venido a ver al Robot parlante, mamá. Creía que podría saber dónde estaba
Robbie, porque los dos son Robots.
Y luego, ante el pensamiento de que, de repente, Robbie estuviese junto a ella, estalló en un
repentino acceso de llanto.
—Y tengo que encontrar a Robbie, mamá. Tengo que encontrarle.
La señora Weston reprimió un grito y dijo:
—Oh, Dios mío. Vamos a casa, George. Esto es más de lo que puedo soportar.
Aquella tarde, George Weston estuvo fuera durante varias horas y, a la mañana siguiente, se
acercó a su mujer con algo que se parecía mucho a una pagada complacencia.
—He tenido una idea, Grace.
—¿Acerca de qué? —fue la lúgubre pregunta carente de todo interés.
—Acerca de Gloria.
—¿No estarás sugiriendo devolverle el robot?
—No, naturalmente que no.
—Entonces, adelante. Estoy dispuesta a escucharte. Nada de lo que he hecho parece haber
servido para nada.
—Muy bien. Esto es lo que he pensado. Debí haberte escuchado. Todo el problema con
Gloria es que cree que Robbie es una persona y no una máquina. Naturalmente, no puede
olvidarlo. Pero si conseguimos convencerla de que Robbie no era más que una amasijo de
acero y de cobre en forma de láminas y cables provistos de electricidad como su jugo vital,
¿cuánto tiempo crees que aún lo añorará? Se trata de una especie de ataque psicológico, si
comprendes mi punto de vista.
—¿Y cómo planeas hacerlo?
—Muy fácilmente. ¿Dónde crees que estuve anoche? Persuadí a Robertson, de «U.S. Robots
and Mechanical Men Corporation», para que prepare una visita completa a sus instalaciones
para mañana por la mañana. Iremos los tres, y cuando hayamos acabado, Gloria estará por
completo convencida de que un robot no es una cosa viva.
Los ojos de la señora Weston se fueron abriendo de par en par y algo que se parecía mucho
a una repentina admiración, brilló en sus ojos.
—Sí, George, es una buena idea.
Y los botones del chaleco de George Weston se tensaron.
—No tiene importancia —dijo.
El señor Struthers era un concienzudo director general y tenía una inclinación natural a la
locuacidad. De esta combinación, resultó por consiguiente todo ampliamente explicado, quizás
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incluso explicado en sobremanera, en cada uno de los diferentes pasos. Sin embargo, la señora
Weston no se aburría. De hecho, lo interrumpió varias veces y le rogó que repitiese sus
explicaciones en un lenguaje más simple a fin de que Gloria pudiese comprenderlas. Bajo la
influencia de esta apreciación de sus poderes narrativos, el señor Struthers se extendió de
forma genial y, si ello era posible, se volvió todavía más comunicativo.
George Weston, por su parte, tuvo un rapto de impaciencia.
—Discúlpame, Struthers —dijo, interrumpiendo en medio de un discurso sobre la célula
fotoeléctrica—. ¿No tenéis en la fábrica una sección donde sólo se utilizan robots como mano
de obra?
—¿Eh? ¡Oh, si! ¡Sí, claro! —dijo el director general, y sonrió a la señora Weston—. En cierto
sentido un circulo vicioso, robots que crean otros robots. Por supuesto, no hacemos de ello una
práctica general. Por un motivo, los sindicatos nunca nos lo permitirían. Pero podemos fabricar
unos pocos robots utilizando exclusivamente robots como mano de obra, sólo como una
especie de experimento científico. ¿Sabéis? —y golpeó contra una palma de la mano sus
quevedos como para dar más énfasis a su discurso—. Lo que los sindicatos obreros no
comprenden, y debo decir que yo soy un hombre que siempre ha simpatizado mucho con el
movimiento obrero en general, es que la implantación de los robots, aunque implique cierta
confusión al inicio, será inevitable...
—Sí, Struthers —interrumpió Weston—, pero con respecto a esta sección de la fábrica de la
que hablas, ¿podemos verla? Estoy seguro de que sería muy interesante.
—¡Sí! ¡Sí, por supuesto! —El señor Struthers volvió a ponerse los quevedos con un
movimiento convulsivo y dejó escapar una ligera tos de desconcierto—. Seguidme, por favor.
Estuvo relativamente callado mientras los precedía a través de un largo pasillo y un tramo
de escalera. A continuación, cuando hubieron entrado en una gran sala bien iluminada que
zumbaba de actividad metálica, se abrieron las compuertas y el flujo de explicación brotó de
nuevo.
—¡Ya estáis aquí! —dijo con orgullo en la voz—. ¡Solo robots! Hay cinco supervisores que ni
siquiera están en esta habitación. En cinco años, esto es desde que empezó este proyecto, no se
ha producido ni un solo accidente. Claro que los robots aquí reunidos son relativamente
simples, pero...
En los oídos de Gloria la voz del director general se había desvanecido hacía rato para
convertirse en un murmullo adormecedor. Toda la excursión le parecía bastante aburrida y sin
sentido, aunque había muchos robots a la vista. Pero ninguno era remotamente como Robbie, y
los examinaba con abierto desprecio.
Se percató de que en aquella habitación no había ninguna persona. Luego su mirada se fijó
en seis o siete robots que trabajaban acoplados a una mesa redonda situada en el centro de la
sala. Era una habitación grande. No podía estar segura, pero uno de los robots se parecía... se
parecía... ¡Lo era!
—¡Robbie!
Su grito atravesó el aire y uno de los robots de la mesa titubeó y dejó caer la herramienta
que tenía sujeta. Gloria casi enloqueció por la alegría. Abriéndose paso a lo largo de la
barandilla antes de que ninguno de los padres pudiese detenerla, saltó ágilmente al suelo unos
metros mas abajo, y corrió hacia su Robbie, con los brazos al aire y el pelo ondeando.
Y los tres horrorizados adultos, mientras permanecían petrificados en el pasillo, vieron lo
que la excitada niña no vio: un enorme y pesado tractor avanzando ciega y majestuosamente
en su marcada trayectoria.
Isaac Asimov Relatos de robots
I.E.S. La Aldea de San Nicolás. www.ieslaaldea.com 14
Weston necesitó un segundo para reaccionar y el paso de los segundos lo significaba todo
porque Gloria no podía ser alcanzada a tiempo. Si bien Weston saltó sobre la barandilla en un
salvaje intento, era obviamente inútil. El señor Struthers indicó violentamente a los
supervisores que parasen el tractor, pero estos eran sólo humanos e hizo falta tiempo para
actuar.
Sólo Robbie actuó inmediatamente y con precisión.
Con las piernas de metal se tragó el espacio entre él y su pequeña ama sobre la que se
precipitó desde la dirección contraria. A partir de ahí todo sucedió de golpe. De una brazada
Robbie asió a Gloria, sin aflojar su velocidad ni un ápice y, por consiguiente, dejándola sin
respiración. Weston, sin comprender todo aquello que estaba pasando, presintió, más que vio,
cómo Robbie lo pasaba rozando y se paraba de forma súbita. El tractor cruzó la trayectoria de
Gloria medio segundo después de haberlo hecho Robbie, rodó todavía tres metros y llevó a
cabo una parada rechinante y larga.
Gloria recobró el aliento, soportó una serie de apasionados abrazos por parte de sus padres
y se volvió ilusionada hacia Robbie. Por lo que a ella respectaba, no había ocurrido nada, salvo
que había encontrado a su amigo.
Pero la expresión de alivio de la señora Weston se había transformado en oscura sospecha.
Se volvió a su marido, y a pesar de su despeinado e indecoroso aspecto, consiguió una actitud
bastante imponente.
—Tú has tramado esto, ¿lo has hecho, verdad?
George Weston se enjugó la acalorada frente con el pañuelo. Su mano era poco firme y sus
labios apenas podían curvarse en una sonrisa trémula y sumamente débil.
La señora Weston siguió con sus elucubraciones:
—Robbie no fue proyectado para ingeniería o trabajo de construcción. A ellos no les servía.
Lo has puesto aquí deliberadamente para que Gloria pudiese encontrarlo. Sabes que lo has
hecho.
—Bien, lo he hecho —dijo Weston—. Pero, Grace, ¿cómo iba yo a saber que el encuentro
sería tan violento? Y Robbie le ha salvado la vida; tendrás que admitirlo. No puedes alejarlo de
nuevo.
Grace Weston lo consideró. Se volvió hacia Gloria y Robbie y por un momento los vio de
forma abstracta. Gloria se había aferrado al cuello del robot de un modo que habría asfixiado a
cualquier criatura que no fuese de metal, y lo palmeaba desatinadamente con un frenesí medio
histérico. Los brazos de acerocromo de Robbie (capaces de doblar una barra de acero de dos
pulgadas de diámetro hasta convertirla en una galleta) rodeaban a la niña cariñosa y
amorosamente, y sus ojos brillaban con un rojo intenso, intenso.
—Bien —dijo la señora Weston, por último—. Supongo que puede quedarse con nosotros hasta
que se oxide.
Fin
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Las predicciones de Asimov
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Cierre: Actividad de escritura de un cuento de ciencia ficción.
Leé atentamente el siguiente texto periodístico y luego resolvé las actividades:
MARTES 05 DE SEPTIEMBRE DE 2017.
Los ingenieros que mantienen viva la aventura de la misión Voyager.
Son un puñado de expertos que permanecen en sus puestos desde el comienzo.
Nora Bär.
A cuarenta años de su lanzamiento, las naves Voyager, esas pequeñas viajeras interestelares, todavía se comunican
con la Tierra. "En el Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA (JPL, según sus siglas en inglés), hay un centro
donde están todas las antenas desde donde se controlan las distintas misiones al espacio profundo -cuenta Miguel San
Martín, el ingeniero argentino que fue responsable del descenso de la sonda Curiosity, de la agencia espacial
norteamericana, en Marte-. Allí hay un panel que dice qué naves se están comunicando y muchas veces están
recibiendo información de las Voyager, que están tan lejos, que las transmisiones tardan horas y horas en llegar hasta
nosotros."
En la actualidad, los responsables de mantener viva la aventura son nueve ingenieros, algunos de los cuales
trabajan en esta misión desde la década del 80 o más. Tal vez la figura más destacada sea Ed Stone, que se incorporó
al equipo en 1972. Jefferson Hall, su director de vuelo, lo hizo en 1978.
En el extenso artículo The Loyal Engineers Steering NASA's Voyager Probes Across the Universe [Los leales
ingenieros que conducen las sondas Voyager de la NASA a través del universo] que acaba de publicar The New York
Times, Kim Tingley traza la semblanza de este grupo extraordinario.
Allí describe también a Enrique Medina, de 68 años, experto en el sistema de producción de energía de las
Voyager, que jura que no las dejará por otra misión hasta que dejen de existir ("O hasta que yo deje de existir",
bromea).
A Larry Zottarelli, que volvió al equipo a los 77 años tras haberse retirado porque era el único del mundo capaz de
hacer ciertas modificaciones en el software de a bordo, demasiado antiguo para los actuales programadores.
Y a Sun Kang Matsumoto, Tom Weeks, Roger Ludwig y Suzanne Dodd, todos ellos encargados de las funciones
vitales de estos extraordinarios robots espaciales.
Ellos todavía se aseguran de que sigan funcionando con computadoras que tienen menos memoria que un celular
de 16 gigas, y permanecen atentos a sus débiles mensajes que llegan desde miles de millones de kilómetros de
distancia y a pesar de que los receptores de radio de la Voyager II están rotos o estropeados desde hace mucho.
Todos ellos eran jóvenes y rebosaban de entusiasmo por la promesa de una grand tour por el Sistema Solar exterior
cuando las Voyager partían hacia el espacio. Hoy son los guardianes de una aventura sin igual.
a) Comentá brevemente el contenido del artículo.
b) Transformá el texto en un cuento de Ciencia Ficción. Contás con treinta líneas para resolver esta
consigna.
Recordá que tu producción debe ser coherente, cohesiva y dar cuenta de las
características del género indicado.





